Bosquejo de una ruta aún desconocida...

lunes, noviembre 27, 2006

Del otro lado del espejo... 3 meses después

Hablar de mi experiencia como voluntario es hablar de 46 días que no se quedaron en eso, es hablar de emociones, experiencias, personas, lugares y también promesas.

Hablar de la experiencia como voluntario es hablar siempre de un antes y un después, nunca vuelves igual, te transformas, rompes ataduras y construyes otras, descubres tus debilidades y también tus fortalezas, te reafirmas como persona, en fin, es ser el mismo pero tan diferente.

Partimos un 21 de junio en la mañana, realmente no tenía una excelente relación con mis acompañantes, los conocía de un par de cursos que habíamos tomado juntos en la escuela, así que la confianza no era tanta, por lo menos en mi caso.

Llegamos a Ámsterdam, si, la ciudad del deseo, teníamos un par de días antes del comienzo de nuestro primer campamento, así que tuvimos que enfrentarnos a nuestro primer inconveniente: no había lugar donde hospedarnos, perdimos casi un día intentando conseguir algo, nos arrepentimos por cargar con tanta ropa, claudicamos y decidimos pernoctar en la estación de tren, recorrimos la ciudad y visitamos uno que otro lugar, no me atrevía a sugerir por miedo a ser tachada de “pervertida”, empezamos a conocernos realmente, tan lejos de nuestros mundos, el idioma no fue problema: había infinidad de mexicanos.

Conocimos a unos turcos, alimentamos palomas, anduvimos en bicicleta, pagamos una fortuna por dormir calientes, visitamos tímidamente las vitrinas, comimos como pudimos y prometimos regresar; y llegó la hora de partir rumbo al campamento.

A unas 2 horas de ahí nos esperaba Oudermirdum, no sabíamos lo que nos esperaba, pero no me cansaba de platicarles que hacía 2 años había sido una experiencia magnífica para mí, que obviamente dependería mucho de las personas que llegaran, pero que definitivamente sería una experiencia agradable. Y lo fue desde el principio, nos encontramos con un italiano que dijo llamarse Daniele y un par de coreanas (Kim y Shing) muy simpáticas, viajamos juntos por una hora hasta que llegamos al último punto donde esperaban unas rusas (Dasha y Daria) y un chico de Ghana (Frank), al parecer debíamos esperar un último autobús, así que después de organizarnos un poco, presentarnos otro poco, tomamos un taxi que nos llevo finalmente a nuestro destino, donde nos esperaban los líderes (Jesse y Rogier) y 2 primos turcos que se nos habían adelantado (Nilda y Charles) y así fue como estuvimos completos.

Después de las respectivas presentaciones, explicarnos las reglas, un poco del trabajo que debíamos realizar y la forma en que nos organizaríamos cada quien comenzó a instalarse, todos buscando compañía con sus compatriotas, todos sociabilizando, hasta que llegaron las bicicletas… entonces cada quien sacó sus miedos y preocupaciones y comenzamos a practicar, serían nuestras por 2 semanas, comenzaron las risas, comenzó Oudermirdum!!!
El trabajo fue lo que se nos había explicado, 5 horas en un bosque cortando arbustos y plantas que obstruían el camino, no fue ni más ni menos, en ocasiones era algo pesado, pero siempre había alguien dispuesto a aminorarlo, todo el tiempo había risas, bromas, hasta que sin darnos cuenta era tiempo de irnos cada quien en su bici, cada quien conversando o admirando el paisaje.

Esperar la hora de la comida, donde cada platillo era todo un descubrimiento culinario (a veces no tan grato), bañarnos con sólo 5 minutos de agua caliente, inspeccionarnos en busca de chinches, en donde Marion batió el récord con 14 animalejos en su cuerpo, pero nadie se libró de ellas.

Platicar, leer, jugar cartas, cantar, ir al pueblo, andar en bici, asaltar la cocina, presumir nuestro país, aprender groserías… enseñarlas y comunicarnos con ellas. Parecerá grotesco, pero se volvió parte del campamento en hablarnos con groserías mexicanas e italianas.

Nos tocaron varios cumpleaños y cada uno era organizado de manera diferente pero asegurándonos de que fuera un día maravilloso para el festejado.

Llegó el primer fin de semana y junto con él un cumpleaños, fuimos a bailar y lo convertimos en un gran acontecimiento, adornamos las bicis con globos, nos arreglamos con nuestras mejores galas y partimos en procesión sin rumbo fijo… convertimos un lugar vacío en una fiesta internacional, bailamos a morir, los mexicanos nos llevamos el premio a mejor bailarines y salimos todos exhaustos. Fue uno de mis mejores días.

El jugar cartas con Daniele se volvió una de las cosas que más extrañé y que aún ahora extraño, era parte de nuestra amistad, hablar de él es nostalgia y felicidad mezcladas. Varias veces me pregunté el como era posible afianzar una amistad en tan pocos días. Sólo cuando uno lo vive lo entiende.

En él descubrí la amistad convertida en un sleeping compartido, en el sudoku, en la pasta que cocinó para mí en mi cumpleaños, en la ayuda que le ofrecía sin que me pesara, en como cocinaba cuando a mí me tocaba, en como le ayudaba en sus deberes aunque no fuera mi día, en la chamarra que me prestó aunque el se estuviera congelando, en el shampoo y la crema que tomaba sin pedirme, en la botella de agua que llenaba cada noche y que compartíamos, en las veces que me pedía le tradujera, cuando se obstinaba en hablar en inglés y yo en hacerlo hablar italiano, en como me consentía, en como me enseñaba a hacer cigarros y se reía de mí cuando olía su “Green bag”, en como me gritaba “Chiquita”.

En fin, solamente cuando uno convive las 24 horas y en esas circunstancias puede entender el cariño y la amistad que se consolida.

¿Experiencias significativas? Muchísimas, cada día era una diferente, cada instante, cada platica… pero tengo una divertida: Kim y Shing eran muy unidas a nosotros (Diana, Marion y yo) además de que tenían algunas dificultades técnicas con el inglés, un día, habíamos organizado ir a la playa, Diana y yo íbamos al final del grupo y delante de nosotras iban “las popotitos” (como las bautizamos), seguras de que sabríamos el camino para llegar a la playa (ya que ya habíamos ido una semana antes) no teníamos ninguna prisa por alcanzar al resto del grupo, en eso una voz: ¿Y si perdemos a las popotitos? Y contesta otra de nosotras: ¡Vale! Así que sin pensarlo nos detuvimos y ellas deciden esperarnos, cuando decidimos seguir el camino, los demás ya no estaban a la vista y al estar en medio de un bosque pues no sería difícil tomar diferentes caminos y así lo hicimos, ¡hasta que estuvimos perdidas de verdad! Tardamos demasiado en dar con el camino principal y otro tanto en encontrar la dirección correcta, llegamos a la playa y no encontramos a nadie, pero pues después de tanto decidimos quedarnos disfrutando del agua helada, hasta que regresamos al campamento donde aún no había nadie, pero muertas de hambre y sin la llave de la cocina, así que tuvimos que esperar hasta que llegaron todos, preocupados y preguntándonos que nos había ocurrido… las mexicanas, muy dignas, estábamos supuestamente molestas (a pesar de que nosotras lo habíamos provocado) porque nadie había regresado a buscarnos, las cosas se aclararon pero nunca dijimos lo que en realidad había pasado. Lo sé fue demasiado vil nuestra broma, pero el tiempo que pasamos las 4 mujeres solas en la playa también fue grato.
A todos les pusimos apodos y después junto con Daniele podíamos comunicarnos en itañolo, era tal vez una forma de reafirmar nuestros lazos, nunca hubo problemas o malentendidos, la organización fue excelente, nos sentíamos libres de hacer o dejar de hacer, pero siempre queríamos estar todos juntos.

Y llegó el día de partir 8 de julio… Daniele se había ido 2 días antes y me había afectado demasiado, pero estaban los demás, estaba Dasha con quien al igual que con Daniele me había identificado demasiado, además, ella fue la responsable de gran parte del optimismo que se vivió ahí.

Llegamos hasta Ámsterdam todos excepto los líderes, fue difícil desde el momento en que debimos entregar las bicicletas, acomodar nuestras maletas, encontrar aquello que ya ni sabíamos que lo habíamos llevado, tomarnos las fotos con todos, intercambiar pedacitos de nuestros países.

Y en la estación de tren corrieron las lágrimas, unos permanecieron ahí, y otros debimos partir, sabíamos que los momentos que habíamos pasado habían sido maravillosos y todos estábamos contentos con ello.

Y entonces, nuestra travesía comenzaba una nueva etapa, otra vez solos, otra vez sintiendo el peso del equipaje y con muchas vivencias a cuestas que aligeraban un poco, nuevamente los contratiempos en un lugar acostumbrado a las exactitudes de los horarios, partimos sin rumbo y llegamos a una ciudad de Alemania, decidimos un día antes ir a Berlín a vivir la final del mundial a pesar de que no estaba en nuestros planes.

Y ese fue otro de los mejores días. Desde la estación de tren se respiraba el ambiente futbolero: banderas, sombreros, caras pintadas, recorrimos un poco a pie, la hora se acercaba, llegamos al estadio solo para la foto del recuerdo, y regresamos al centro a ver la final… yo apoyaba por supuesto a Italia y ganamos, Dasha llamó desde Ámsterdam para saludarnos, para compartir también la alegría por el triunfo, esa noche bailamos con gente de todo el mundo, no había quien al ver nuestras banderas no gritara: ¡Hey mexicanos! o ¡Viva México cabrones! (y esta vez nosotros no lo habíamos enseñado), fue realmente una fiesta maravillosa internacional.
Al otro día conocimos otro Berlín, nos cansamos nuevamente y nos morimos de hambre por enésima vez, comenzamos a lidiar entre nosotros con nuestras diferentes facetas.

Viajamos de noche y llegamos a Zurich dispuestos a pasar todo un día en una ciudad primermundista, ja, solo tendríamos 3 horas debido a que no había lugar en el tren de noche, comimos como indigentes en una banca y comenzamos a caminar, llegamos al lago y decidimos rentar una lancha, todo iba bien hasta que nos dimos cuenta de que podíamos nadar ahí, la falta de traje no fue problema, sin pensarlo decidimos nadar en ropa interior, estuvimos a punto de ser aplastados varias veces por uno que otro barco, así que ahí estaban 2 mexicanos empujando una lancha mientras el tercero pedaleaba como endemoniado, pero nos sentíamos felices, como grandes magnates en su yate y navegando en aguas suizas.

Esa noche llegamos Venecia, por fin, luego de 2 años de haber prometido regresar llegué a Italia, por cansancio y por ahorrar un poco de dinero, nos tumbamos en la estación de tren junto a otros tantos, despertamos con la mejor vista y con el sol en la cara, conseguimos hospedaje, nos bañamos después de un par de días sin hacerlo y recorrimos la ciudad, les prometí que se enamorarían del país, de su gente, su comida, sus olores…

Así fue como antes de nuestro segundo campamento visitamos también Florencia, donde se nos acabó el dinero, pero comimos y dormimos bien, eso si, siempre asegurábamos el dinero de nuestro hospedaje y nuestros alimentos, también ahí estuvimos orgullosas cuando creímos haber ligado a un par de italianos guapos, para descubrir al otro día que eran armenios además de ser honrados ¡vendedores ambulantes!

Y así, el 15 de julio llegamos a Nápoles y comenzó ahí nuestro camino hacia Airola donde sería nuestro segundo y último campamento.

Era Legambiente, yo ya la conocía, pasamos entre montañas, pueblitos y castillos antes de llegar, el recibimiento fue grato, aunque descubrimos que el líder no hablaba inglés, llegamos a una escuela y nos acomodamos, poco a poco fueron llegando los demás: Bélgica, Francia, USA, Inglaterra, Holanda, Rusia, además de que había varios jóvenes italianos habitantes de Airola.

Nosotros no dejábamos de contar lo bien que la habíamos pasado en el campamento anterior, se nos aclaró desde el principio que no pretendían que fuera un campamento de trabajo sino de compartir experiencias, culturas, de esparcimiento.
Y así fue, el trabajo se redujo a construir en 2 días unos escalones en la montaña, lo que incomodó a algunos voluntarios, quienes iban decididos a trabajar más.

Sin embargo, las excursiones a la montaña, las escaladas, la visita al “castillo” de la época feudal fueron parte del trabajo, que consistía más en una labor social en el pueblo, que los habitantes se dieran cuenta de nuestra presencia. Lo cual dió resultado.

Descubrimos la calidez de los italianos cada que caminábamos con las camisetas de la organización por las calles, cuando al intentar comprar detergente para ropa nos fue obsequiado solo por ser para los “voluntarios de Legambiente”, detalles como ese, hacían grata nuestra estancia allí.

El ambiente con los participantes no fue tan agradable como en Oudemirdum, sin embargo, los mexicanos desde el primer día hicimos equipo con los italianos, muchas veces los demás no entendían nuestro humor, el que siempre estuviéramos riendo, el que siempre estuviéramos juntos, teníamos mucho tiempo libre, dormíamos separados y tal vez ese fue un factor que evitó la unión, porque las platicas nocturnas y la convivencia antes de dormir siempre contribuyen en gran medida a la unión del grupo.

El cumpleaños de Diana se acercaba, Marion y yo queríamos organizarle algo especial, hacerla sentir en casa, o por lo menos que no recordara que estaba tan lejos de ella, así que decidimos organizar una fiesta con piñata, fue un verdadero problema explicar nuestra idea al líder, pero lo conseguimos, conseguimos el material para hacerla: una maceta de barro que nos salió gratis por estar un poco rota, papel de color, almidón para el engrudo (que aún me rió de lo difícil que fue explicar lo que era el almidón) confetí (que pretendían darnos dulces, por no saber que se llamaba coriandoli en Italia), etc, y fue así como una semana antes de la fecha comenzamos la realización de la piñata por las noches una vez que Diana se iba a dormir, así que mientras Marion platicaba, Diana italiana y Mariangela me ayudaban con el engrudo y el papel y fue así como también comenzaron nuestras “fiestas clandestinas”.

Resulta que los amigos de uno de los integrantes italianos: Giuseppe iban al campamento a visitarlo todas las noches, así que un día, mientras hacíamos la piñata coincidimos y fue así como noche tras noche, a eso de las 12 llegaban y platicábamos, bailábamos salsa, jugábamos cartas, asaltábamos la cocina, lo extraño era que como los demás integrantes se iban a dormir temprano, nunca se dieron cuenta de lo que sucedía a esas horas, nosotros nos íbamos a dormir a las 4 ó 5 de la mañana y debíamos despertarnos a las 7 para estar listos y salir al trabajo a las 8, pero siempre, aún desvelados cumplíamos con nuestras labores, esas “fiestas” son inolvidables, además siempre recordaré las conversaciones en donde se hablaba inglés, italiano y español en combinaciones realmente extrañas.

Dentro del campamento, la convivencia con los demás integrantes tal vez no fue tan grandiosa como en el primero, pero en este, el cariño y amistad que surgió con los italianos y sus familias es aún hoy un tesoro invaluable.
Debo decir que la fiesta de Diana fue todo un éxito, muchos estaban maravillados con la piñata, además de los dulces, cortaron flores y las pusieron dentro, una familia le preparó un pastel, decoramos cascarones y los rellenamos de confetí, se aprendieron la canción para pegarle a la piñata y después de eso, nos llegó un pedido para hacer otra más para el cumpleaños de Diana italiana.

Fuimos invitados de honor en los 18 años de Diana italiana, su familia siempre nos recibía con gusto, prepararon platillos típicos, además de que hicimos un número especial: Marion durante varios días se había dedicado a enseñarle a bailar salsa a Diana italiana, ya que ella quería darle una sorpresa a su mamá, así que ese día enfrente de todos Marion bailó con ella y con su mamá, mientras Diana y yo invitamos a bailar a algunos amigos de Diana.

En Airola nos hicieron sentir como en casa, tanto que nos quedamos un día más después de terminado el campamento, hicimos amigos entrañables, promesas de volver que espero sean cumplidas y promesas de no olvidar.

Diana italiana nos acompañó días después en nuestra visita por Siena y Pisa, pero en Roma, que fue nuestra primera parada después del campamento estuvimos otra vez solos, dormimos en un “cuarto cucarachero”, caminamos demasiado, nos morimos de hambre y de cansancio pero terminamos felices y amando aún más Italia.

Partimos hacia Siena luego de 2 días, con la ilusión de ver a Diana italiana, llegamos de noche a la estación y para no variar no teníamos reservaciones en ningún hostal, viendo las fotos de ese día, me doy cuenta que fue en el que el cansancio nos brotaba por los poros, así que una vez más dormimos en la estación, casualmente encontramos a una mexicana y a una brasileña, Marion veló nuestro sueño, mientras Diana y yo perdíamos todo pudor tendidas en la estación de tren.

Nuestros días se agotaban, deseábamos aprovechar al máximo cada minuto, deseaba grabar en mi mente cada escena, cada palabra dicha, cada lugar visitado, cada sensación, me daba miedo no tener suficiente memoria para hacerlo.

Nos despedimos en Pisa de Diana italiana, hubo lágrimas, risas, abrazos y nadie quería decir adiós, comprobé que era cierto eso de “decir adiós es morir un poco”

Finalmente nos íbamos a París, nuestra última parada, pensábamos viajar de noche para ahorrar hospedaje y aprovechar tiempo, haríamos escala en Torino, pero los trenes empezaron a retrasarse y al llegar a Torino, descubrimos que tendríamos que esperar un día más para irnos, así que, ya acostumbrados nos instalamos cómodamente en los andenes, salimos de mañana rumbo a París y llegamos por la tarde, decidimos guardar nuestro equipaje para poder dormir donde nos cayera la noche.

Y así fué, entre visitas carrereadas, discusiones, frío y la majestuosidad de París nos hizo falta tiempo y dinero… pero nos sobró emoción y asombro, en eso, a las 11 pm recibimos una llamada, era un chico del campamento de Airola, le habíamos comentado que estaríamos esos días en París y el nos había ofrecido su casa, lo habíamos olvidado, así que entre señas y estaciones del metro nos indicó como debíamos llegar.

Al final fue imposible llegar a su casa por cuestiones de horario con el metro de Paris, pero el detalle de esa llamada nos hizo olvidar un poco el frío. Una vez dispuestos a pasar nuestra ultima noche a la intemperie, caminamos y admiramos con calma las calles, el bullicio y finalmente… la Torre Eiffel, con todo su esplendor, la recorrimos, la fotografiamos y dormimos debajo de ella junto a otros tantos trotamundos sin razon de ser pero con muchas ganas de estar, pasamos uno de los peores frios que puedo recordar…

Nos despedimos de Paris a las 7 am, callados, o por lo menos así iba yo, despidiéndome internamente, agradecida profundamente, nostálgica por irme pero emocionada por regresar.

Llegamos el lunes 7 de agosto a las 10 pm a la Ciudad de Mexico, hubo globos, flores y abrazos, kilos de menos, maletas de mas, experiencias que luchaban por salir, noticias que comunicar, regalos que compartir, cabello por cortar y nuevas amistades que cultivar.